La historia del damasquinado de Eibar comienza con Eusebio de Zuloaga nacido el año 1808

DAMASQUINADO DE EIBAR

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Historia del damasquinado

 

 

 

 

 

 

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La incrustación de metales preciosos sobre el hierro y el acero es un trabajo antiquísimo que se practicó en muchos países, aunque los árabes del  Oriente Medio vengan ostentando la fama de estas labores porque fuese una de sus particularidades más notables. Armas, armaduras, utensilios y diversos objetos de uso doméstico y decorativo se convertían en piezas lujosas en cuanto la ornamentación alcanzaba un elevado grado artístico. El nombre con el que es conocido este oficio artesano hace clara referencia a Damasco.

La historia del damasquinado de Eibar comienza con Eusebio de Zuloaga nacido el año 1808.

El procedimiento que inició para incrustar el oro sobre el acero consistía en preparar la superficie, objeto de incrustación, con un fino picado romboidal conseguido mediante pequeños golpes de una punceta bien templada y muy afilada. Por este sistema realizó incrustaciones de gran mérito artístico; fijando el hilo de oro sobre las casi microscópicas rebabas que daban aspereza a la pieza en el lugar que habría de trabajarse.

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El picado a punceta, aunque efectivo para que el oro quedase bien engarzado en sus minúsculos resaltes era iregular si se observaba de cerca o con lente de aumento. Al considerarlo, se le ocurrió a su hijo Placido probar a hacerlo a cuchilla "estriado a cuchilla" que al manejarla manualmente y a fricción no solo consiguió igual efecto con mayor rapidez de ejecución, sino también que la superficie a grabar fuera más perfecta y uniforme. Así, evolucionó totalmente el damasquinado mediante recursos de una mayor facilidad y perfección. A D. Plácido se debe realmente el esplendor de esta industria artesanal de incrustación de oro sobre acero; dándole, además, nuevas aplicaciones en jarones, ánforas, etc... y, sobre todo, en obras de tanto mérito como el panteón de Prim y el altar de Loyola.

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